La noche era fría y oscura. Miré una vez más el reloj de bolsillo que me regalaron para el cumpleaños. Ya estaba cansado de esperar, Carlos siempre llegaba tarde. Observé de nuevo el lugar donde nos teníamos que encontrar. Una calle estrecha, dudaba que tuviera suficiente espacio como para que pasaran dos coches. En frente mía había un pequeño bar, cerrado, aunque aún eran solo las doce de la noche. Las doce y media. Y Carlos aún no aparecía.
Observaba como unos insensatos insectos nocturnos se pegaban al cristal de la solitaria farola, que con su tenue luz intentaba espantar la aterradora oscuridad que se ceñía sobre la calle. Los pobres bichitos ardían en agonía, y sus pequeños cadáveres caían sobre el suelo, recordándome una vez más lo etérea que es la vida.
Aparté la vista de los cuerpos sin vida de las diminutas criaturas, y me fijé en otro ser que estaba cerca de mí. Al otro lado de la calle, sobre un muro de hormigón, había un gato negro, con ojos verdes gigantes que reflejaban el débil brillo de la farola.
- ¿Tú también esperas a alguien, amigo? - Le dije, sin esperar respuesta.
El gato me miró, se levantó, maulló y se dispuso a ir.
- ¡No te vayas! No me dejes aquí, solo.
Pero el animal ya se había marchado.
La una de la noche, cayeron unas gotas del cielo, tan pocas que no eran dignas de llamarse ni lluvia ni goteo.
Me pregunté otra vez por qué vine a este lugar, siguiendo las ilusiones de mi amigo. Él estaba seguro de que aquí había algo, algo muy valioso. Carlos y sus historias de tesoros. Solíamos reírnos de ellas cuando éramos adolescentes. Pero algo me dijo que esta vez había que escucharle, esta vez conseguiríamos una fortuna.
Y vinimos aquí, a Temerosa, esta pequeña islita cuya única población contaba con tan pocos habitantes como lugares mínimamente higiénicos.
Ahora estaba en esta calle desolada, a plena noche, esperando a mi compañero - ¿Dónde se habrá metido en una isla donde aburrirse parece ser el pasatiempo más usual? - E intentando recordar qué fue ese "algo" que me hizo escucharle.
En vano. Cada minuto que pasaba ahí, junto a la farola, odiaba más tanto este lugar como a Carlos.
Entonces fue cuando oí esa voz familiar:
- ¡Jeremías!
Me giré, y vi al gordinflón de mi amigo corriendo hacia mí desde el lado opuesto de la calle. - ¡Siento haber tardado un poco! - Por fin llego hasta mi farola y, entre jadeos, siguió, - ¡Pero ni te imaginas lo que he descubierto!
- Ya me conoces, tengo buena imaginación. - Le dije, intentando parecer severo, y, a la vez, comprobando de nuevo que no podía enfadarme con él cuando lo tenía delante. Su feliz cara redonda y ropa colorida y alegre me lo impedían.
Ahí, en medio de la oscura y mugrienta calle, tenía un aspecto aun más estrafalario y divertido que de costumbre.
Carlos, al parecer, no se dio cuenta de nada - ni de que a mi me fastidió perder tanto tiempo esperándole, ni de que ahora intentaba a toda costa ocultar una amplia sonrisa, - así que siguió:
- ¡Está aquí! - Gritó, pero yo, con un gesto, le hice bajar el tono de voz y miré alrededor para asegurarme de que nadie fue despertado por los gritos de mi compañero, aunque el pueblo, como siempre, parecía muerto. - La cueva de la que te hablé. ¡Unos tipos del bar me contaron que la encontraron en una ocasión!
- ¿Del bar? - Le miré con la expresión más severa que pude adoptar, - ¿Y, por supuesto, eran de fiar?
- Unos tíos majos. - Carlos no captó la ironía en mi voz, - El caso es que conseguí que me explicaran dónde encontrarla. Propongo partir de inmediato, ¡Me estoy helando en este callejón!
Quise recordarle el tiempo que le he estado esperando aquí en "este helado callejón", pero en vez de ello me limité a preguntar:
- ¿Por la noche?
- ¿Qué más da? Buscamos una cueva. - Señaló su aparentemente llena mochila, y me imaginé que dentro estaban los potentes focos de los que tanto se jactaba hace unos días, - ¡Ahí es oscuro incluso de día! - Al acabar la frase, Carlos se encaminó hacia el norte, con esa peculiar y graciosa forma de andar -como un pato algo obeso- sin siquiera comprobar si yo le seguía. Y es que no podía no hacerlo, aunque un leve suspiro salió de mi boca al comenzar a mover mis piernas.
El único poblado de Temerosa no era más que un par de callejones que parecían estar sacados de alguna película de terror. El resto de la superficie de la isla era cubierto por un denso bosque. En el norte -ahí a donde se dirigían- había una pequeña montaña cubierta de pinos.
Apenas tardamos unos minutos en salir del pueblo, Carlos se encaminó decidido hacia los límites del bosque, yo dudé un instante, pero al ver como su figura desaparecía tras los primeros árboles no tuve más remedio que seguirle.
Me encantaría decir que ambos proseguimos nuestro camino a través de las bajas ramas de los árboles del bosque con paso decidido y la brillante llama del coraje ardiendo en nuestros ojos, pero no fue ni de lejos así. La verdad es que tanto mi compañero como yo nos sentíamos más que incómodos, tanto física como moralmente. Al principio aún lográbamos ver algo gracias a la luz de la inmensa luna llena, pero pronto Carlos se vio obligado a sacar esos famosos focos suyos. Linternas en mano, la cosa no mejoró mucho. La luz que emitían era muy fuerte, sí, pero solo iluminaba unos círculos de reducido diámetro, para colmo creando unas móviles e inquietantes sombras. A cada paso que dábamos más se acentuaba la sensación de que nos vigilaban, involuntariamente comencé a recordar las historias de terror que nos contábamos unos a otros durante la infancia, y, al ver que me estaba asustando de verdad, intenté deshacerme de esos pensamientos. Me concentré en imaginar lo que estaba pensando Carlos en esos momentos. Pagaría para saber lo que escondía esa obesa cabecita suya. Cuando comenzamos a subir la montaña la cosa se hizo algo mejor: Los árboles eran menos densos, y la fantasmagórica iluminación lunar penetró el follaje con fuerza suficiente como para que podamos apagar -por fin- esos focos, aunque o fue por mucho tiempo. Pronto Carlos, que, a pesar de tener bastante sobrepeso se adelantó una buena decena de metros, impulsado quizás por su enorme entusiasmo, emitió un estruendoso chillido, haciendo graznar con tono de protesta a un par de cuervos que dormían plácidamente en algún pino cercano.
- ¡Jeremías! - Chilló, - ¡Corre! ¡Ven aquí!
Jadeando, me he acercado tan rápido como podía, sintiendo como las ansias de aventura de mi compañero se me contagiaban instantáneamente.
Carlos estaba apuntando con uno de sus focos algo que tenía bajo sus pies. Lo que vi ahí mi me sorprendió hasta el fondo de mi alma, la enorme garganta de una profunda cueva se esparcía justo delante de nosotros. Desde lejos no se podía ver, porque tenía una inclinación importante, y su parte superior estaba llena de maleza y hierbajos que la camuflaban a la perfección. Me pregunté si algún habitante de Temerosa se había caído ahí al andar sin precaución, ya que si no sabes que está en ese lugar no es difícil verla solo cuando ya estás agonizando en el fondo. Si es que tenía fondo, porque ni la potente linterna que sostenía Carlos en la mano llegaba a iluminarlo.
Y allí estábamos, al borde de lo desconocido, delante de aquella razón por la cual viajamos cientos de kilómetros, abandonando nuestros trabajos y rutinas. Cuando por fin estábamos tan cerca de nuestro objetivo, es cuando me eché para atrás.
- Carlos... No creo que sea la mejor idea bajar ahí. - Murmuré, con la mirada perdida en la oscuridad de la caverna.
- ¿Pero qué me estás diciendo? - Mi compañero me miró, apuntándome con la linterna y cegándome momentáneamente, - ¿Me vas a fallar ahora?
- ¡No me seas imbécil! - No sé por qué, pero lo que me dijo me afectó profundamente, - No te estoy fallando, solo estoy teniendo algo de sentido común. Estamos a punto de meternos en no-sé-donde, siguiendo unos extraños cuentos de hada que escuchaste durante tus viajes nocturnos por las tabernas locales.
- ¿Tabernas locales? Llevo siguiendo este tesoro casi un año, Jeremías. ¡Un año! - Ahora puedo decir lo que quiero, pero mentiría si dijera que la manera con la que pronunció las últimas dos palabras casi me hizo cambiar de opinión. Casi. Porque lo que de verdad me impulsó a hacer lo que hice en los siguientes instantes fueran otras dos palabras muy distintas, que no tardaron en salir de su boca.
- Un rajado.
Fue entonces cuando recordé todos los instantes de mi infancia en los que escuchaba esas palabras, yo siempre era el “prudente” del par, intentando entrar en razón a mi compañero cuando éste tenía alguna otra idea loca, pero él siempre me convencía con su “un rajado”.
Así que en apenas unos minutos ya me encontré a mi mismo bajando por una cuerda que atamos al árbol más cercano -Carlos, previamente, comprobó que era lo suficientemente resistente, con una pinta de experto en el tema que resultaba bastante graciosa- adentrándome en las profundidades de esa diabólica boca de rocas y tierra.
Tardamos un buen rato en descender, no menos de diez minutos, una decena de minutos de pura agonía, pues cada paso que dábamos se nos hacía imposible, o al menos a mi, pus no llevaba guantes, a diferencia de mi amigo. Cuando por fin tocamos fondo, me distraje tanto observando mis ensangrentadas manos que no me fijé ni en el suspiro de sorpresa de Carlos, ni en lo que lo había causado. Tardé bastante para -entre quejas y gemidos exagerados- enterarme por fin de dónde habíamos llegado. El rayo de luz emitido por el foco de mi compañero se dirigía en línea recta a un yacimiento de preciosos y enormes cristales de color blanco lechoso, que los desviaban en todas las direcciones a una velocidad exageradamente lenta, y, poco a poco, iluminaron la estancia en su totalidad.
Estábamos en una enorme cámara pétrea, de al menos cuatro metros de altura. El techo, las paredes y gran parte del suelo estaban plagados de estos cristales lechosos, que seguían desparramando la luz por la cueva, creando un espectáculo bellísimo.
- ¿Ves? - Carlos se rió con una risa de psicópata, - ¡Te lo dije!
Yo, al estar tan asombrado, no contesté. En vez de eso, me fijé en algo que no había visto al principio: Justo delante de nosotros se abría una pasarela, casi parecía un camino artificial que serpenteaba entre los cristales y abismos que se abrían aquí y allá, permitiendo el paso hacia un punto oscuro en el fondo de la cámara que no llegaba a ver con claridad desde aquí. Le di un pequeño golpe en el hombro a mi compañero, y le indiqué lo que he descubierto. Sin dudarlo un instante, ambos nos pusimos a andar por esta pasarela. Mi mente comenzó a imaginar los tesoros que aún podía esconder ese maravilloso sitio, y no me di cuenta como aumenté la velocidad con la que andaba. Según su andar apresurado, Carlos tuvo que haber pensado algo similar.
Sin embargo, cuando llegamos a nuestro destino ambos nos detuvimos en seco. Un oscuro ataúd de color azul estaba delante de nosotros.
- Vale, esto sí que no tiene buena pinta – Comenté.
- ¿Así que se supone que esto es un sepulcro? - Dijo mi amigo, decidiéndose a acercarse, e incluso atreviéndose a dar una vuelta alrededor.
- Parece serlo... - Tras un momento de meditación, añadí, - Mejor abandonamos este lugar, Carlos.
- ¿Bromeas? - Después de esta pregunta, Carlos hizo algo que me aterró completamente. Fue algo totalmente inesperado, insensato, y a la vez necesario. Se paró delante del ataúd, alzó su mano rápidamente, y lo abrió en un instante.
Lo único que llegué a ver era como mi amigo era succionado dentro, fundiéndose en la oscuridad y desapareciendo de la vista, mientras emitía un grito aterrador. Lo siguiente que recuerdo es como tiré la linterna y me eché a correr en dirección a la salida tan rápido como podía, que sentí un fuerte golpe en la espalda y me caí.
Mi próximo recuerdo es el día en el que me explicaron que mi amigo y yo fuimos convertidos en vampiros.
This is it! Y ahora, de postre, una breve reflexión sobre el futuro del blog. De entrada quiero anunciar que no pienso seguir con el "Black Diary". Fue un experimento muy simplón y sin ningún sentido que gustó a tres gatos contados, no merece la pena perder el tiempo en un proyecto así. ¿Qué haré? Supongo que empezaré una nueva serie, algo más compleja, que iré posteando cada cierto tiempo aquí. Además compartiré con vosotros ciertos rincones de mi oscuro alma, en forma de textos emotivos que podrían parecer completamente absurdos, pero que contienen la esencia de lo que Yo soy.
Mientras tanto, para vuestro deleite y debido a mi pereza, continuaré subiendo la serie de "Secretos del CCA". Si tiene suficiente éxito, podría continuar haciéndola (os recuerdo que están hechos los primeros 11 números, solo hace falta subirlos aquí, pero como soy un ser cruel y retorcido, lo haré a un ritmo muy, muy lento).
Espero que nos veamos bien pronto,
RR.
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