Se trata Tierras Robadas, una saga épica ambientada en un mundo fantástico-medieval original, con todos los elementos más clásicos de este tipo de creaciones (inclúyase elfos, orcos, guerras, magia y toda la demás parafernalia tolkiana típica)
Aquí publicaré el preludio y el primer capítulo del primer libro de la saga, que con suerte será finalizado para finales de este año. Además, iré subiendo noticias sobre el progreso, así como información sobre proyectos paralelos relacionados con éste.
Espero sus comentarios, se admite la crítica constructiva.
Preludio
Dicen que la tierra ha sido formada por viejos espíritus. Otros afirman que fueron unos Dioses los responsables, mientras los más raros creen que todo se debe a los Titanes.
A pesar de que nadie lo sabe, hay una cosa que está segura. Lo cierto es que en las actuales Tierras Robadas al principio sólo existían elfos, que vivían en paz y armonía con los bosques y la naturaleza.
Pero llegó un día cuando un grupo de exploradores élficos volvió a Moonlight, capital de su raza, diciendo que divisó una gran flota con banderas desconocidas acercándose por el este.
Eran las que posteriormente fueron denominadas “razas inferiores”, entre las cuales estaban los humanos, enanos, pielesverdes y pielesazules.
Pronto todos ellos desembarcaron, y los exploradores llevaron a los representantes de cada pueblo ante el rey élfico.
Los extranjeros contaron una terrible historia en la que fueron desterrados de sus tierras por unas extrañas criaturas sombrías, una especie de nubes etéreas.
Los elfos aceptaron la presencia de todos ellos, e incluso ofrecieron un territorio para cada pueblo. Pero el problema vino cuando resultó ser que los intrusos no podían vivir en paz. Y comenzó una guerra sin fin aparente, la denominada Primera Guerra.
Los elfos estaban desesperados intentando pararla, pero no encontraban una solución.
Así un sabio rey elfo decidió crear un acuerdo, un pergamino mágico que otorgaba un territorio a cada raza, que era propio sólo de esa nación, y obligaba a cada pueblo luchar contra la única que se rebelase a las nuevas leyes que garantizarían la paz en las Tierras.
Así los pielesverdes y azules se fueron a Zorgar, una tierra desértica, pero con densas junglas al sur, los enanos y medianos se quedaron con Dol'Amoth, un lugar montañoso al norte, y los humanos fueron a Theregarde, una gran isla al sureste del continente.
Para que las razas no pudieran guerrear, los elfos se quedaron el territorio central, llamado Kul'Amoth.
Tras firmar este acuerdo, después llamado Contrato, las tierras que antes eran sólo élficas se comenzaron a llamar “Tierras Robadas”, para recordar que un tiempo atrás eran propiedad exclusiva de la raza superior.
A pesar de que nadie lo sabe, hay una cosa que está segura. Lo cierto es que en las actuales Tierras Robadas al principio sólo existían elfos, que vivían en paz y armonía con los bosques y la naturaleza.
Pero llegó un día cuando un grupo de exploradores élficos volvió a Moonlight, capital de su raza, diciendo que divisó una gran flota con banderas desconocidas acercándose por el este.
Eran las que posteriormente fueron denominadas “razas inferiores”, entre las cuales estaban los humanos, enanos, pielesverdes y pielesazules.
Pronto todos ellos desembarcaron, y los exploradores llevaron a los representantes de cada pueblo ante el rey élfico.
Los extranjeros contaron una terrible historia en la que fueron desterrados de sus tierras por unas extrañas criaturas sombrías, una especie de nubes etéreas.
Los elfos aceptaron la presencia de todos ellos, e incluso ofrecieron un territorio para cada pueblo. Pero el problema vino cuando resultó ser que los intrusos no podían vivir en paz. Y comenzó una guerra sin fin aparente, la denominada Primera Guerra.
Los elfos estaban desesperados intentando pararla, pero no encontraban una solución.
Así un sabio rey elfo decidió crear un acuerdo, un pergamino mágico que otorgaba un territorio a cada raza, que era propio sólo de esa nación, y obligaba a cada pueblo luchar contra la única que se rebelase a las nuevas leyes que garantizarían la paz en las Tierras.
Así los pielesverdes y azules se fueron a Zorgar, una tierra desértica, pero con densas junglas al sur, los enanos y medianos se quedaron con Dol'Amoth, un lugar montañoso al norte, y los humanos fueron a Theregarde, una gran isla al sureste del continente.
Para que las razas no pudieran guerrear, los elfos se quedaron el territorio central, llamado Kul'Amoth.
Tras firmar este acuerdo, después llamado Contrato, las tierras que antes eran sólo élficas se comenzaron a llamar “Tierras Robadas”, para recordar que un tiempo atrás eran propiedad exclusiva de la raza superior.
Capítulo 1:
El Encuentro
Gildor corría. Intentaba escapar de una extraña bestia alada, pero la criatura era demasiado rápida. No podía esconderse, estaba en un estrecho túnel helado y el monstruo ya lo alcanzaba. Ya sentía cómo le respiraba en la espalda, y cómo sus garras le desgarraban la carne.
Y entonces despertó.
Estaba tumbado en una cama dura y bastante corta para un elfo, jadeando, y con el corazón batiendo aún a ritmo de vértigo, como si fuera realidad lo que acababa de ver.
Se tranquilizó, y comenzó a reconocer el lugar donde estaba y qué era lo que tenía que hacer.
Se encontraba en la taberna enana de los Dos Ponis Cojos. Viajaba del norte de Dol'Amoth a Moonlight, para informar a Xenon, el rey elfo, sobre un hecho de importancia vital para el reino.
Se vistió, y bajó al comedor. Incluso de madrugada, éste estaba lleno de enanos, y demás razas medianas, la mayoría de los cuales estaban borrachos. La sala estaba hecha de madera, y en el centro había un gran horno de piedra. Un enano estaba divirtiendo a la gente mostrando sus inventos, mientras su ayudante “limpiaba” los bolsillos del público despistado.
Gildor se dirigía a la puerta de la salida, cuando algo le llamó la atención.
Tres barbudos enanos, sentados en un rincón oscuro y claramente borrachos, discutían en voz baja pero audible para los finos oídos del elfo.
Y entonces despertó.
Estaba tumbado en una cama dura y bastante corta para un elfo, jadeando, y con el corazón batiendo aún a ritmo de vértigo, como si fuera realidad lo que acababa de ver.
Se tranquilizó, y comenzó a reconocer el lugar donde estaba y qué era lo que tenía que hacer.
Se encontraba en la taberna enana de los Dos Ponis Cojos. Viajaba del norte de Dol'Amoth a Moonlight, para informar a Xenon, el rey elfo, sobre un hecho de importancia vital para el reino.
Se vistió, y bajó al comedor. Incluso de madrugada, éste estaba lleno de enanos, y demás razas medianas, la mayoría de los cuales estaban borrachos. La sala estaba hecha de madera, y en el centro había un gran horno de piedra. Un enano estaba divirtiendo a la gente mostrando sus inventos, mientras su ayudante “limpiaba” los bolsillos del público despistado.
Gildor se dirigía a la puerta de la salida, cuando algo le llamó la atención.
Tres barbudos enanos, sentados en un rincón oscuro y claramente borrachos, discutían en voz baja pero audible para los finos oídos del elfo.
– ¡Oídme, los elfos se preparan para la guerra! – Proclamó el primero.
– ¿Qué clase de guerra? ¡Los elfos son demasiado perezosos! – Replicó el segundo.
– ¡Eso creo! ¡No se atreverán a salir de sus amados bosques de Moonlight! – Insertó su opinión el tercero.
– Sabéis perfectamente que un extraño artefacto de gran poder se ubica en el norte, ¡Y los elfos no tardarán en descubrirlo!
– Janus, has bebido demasiado. No hay ningún artefacto en ninguna parte.
– ¡Y yo digo que sí lo hay!
– ¡Calla! - Uno de los enanos miró a Gildor y susurró - Hay un elfo allí.
Los enanos clavaron sus ojos – parcialmente invisibles detrás de las gigantescas y pesadas cejas – en el elfo, que era el representante perfecto de lo que las razas inferiores solían pensar sobre la apariencia del “típico” elfo. Una piel pálida, con cara de rasgos agudos. Sus orejas, puntiagudas, igual que las flechas que tenía en un carcaj tras la espalda. Los ojos de color verde intenso armonizaban en color con la larga y magullada capa. Una camisa blanca de seda, enfundada en pantalones de cuero marrón. En los pies, unas botas de un cuero rojo, aparentemente muy caro, lo cual demostraba que el elfo no era un simple plebeyo.
El extranjero - para los enanos - salió de la taberna.
La noche era fresca y muy oscura, aunque esto último no le preocupaba nada a Gildor, pues su visión élfica le permitía ver el calor de los cuerpos en la oscuridad.
Se cubrió la cabeza con la capucha verde, y siguió su camino hacia la capital élfica. Se había parado en una posada enana cerca del borde de su reino, pero aún tenía que cruzar un largo tramo de montañas hacia el oeste, porque en el sur se encontraba un río de agua helada, imposible de cruzar en esta época del año. Tras esto llegaría a los bosques de Kul'Amoth, la tierra élfica.
Los enanos clavaron sus ojos – parcialmente invisibles detrás de las gigantescas y pesadas cejas – en el elfo, que era el representante perfecto de lo que las razas inferiores solían pensar sobre la apariencia del “típico” elfo. Una piel pálida, con cara de rasgos agudos. Sus orejas, puntiagudas, igual que las flechas que tenía en un carcaj tras la espalda. Los ojos de color verde intenso armonizaban en color con la larga y magullada capa. Una camisa blanca de seda, enfundada en pantalones de cuero marrón. En los pies, unas botas de un cuero rojo, aparentemente muy caro, lo cual demostraba que el elfo no era un simple plebeyo.
El extranjero - para los enanos - salió de la taberna.
La noche era fresca y muy oscura, aunque esto último no le preocupaba nada a Gildor, pues su visión élfica le permitía ver el calor de los cuerpos en la oscuridad.
Se cubrió la cabeza con la capucha verde, y siguió su camino hacia la capital élfica. Se había parado en una posada enana cerca del borde de su reino, pero aún tenía que cruzar un largo tramo de montañas hacia el oeste, porque en el sur se encontraba un río de agua helada, imposible de cruzar en esta época del año. Tras esto llegaría a los bosques de Kul'Amoth, la tierra élfica.
Viajó durante varios días sin dormir y estaba muy cansado. A pesar de ser elfo, también necesitaba descansar de vez en cuando.
Encontró un prado plano, protegido por grandes pinos por una parte, y una roca casi vertical por otra. Los árboles parecieron percatarse de su presencia y se apartaron un poco del intruso, pero Gildor acampó de todas formas, este territorio ya pertenecía a Kul’Amoth, era su tierra natal. Hizo un fuego – pequeño, para no asustar aún más a los árboles, - cazó un conejo, – Gildor era un arquero muy hábil y no gastó muchas flechas para matar al escurridizo animal – Y, tras despellejarlo y despojarlo, lo preparó para asar.
Tras la no muy deliciosa cena se acostó sobre el suelo, poniendo su mochila bajo la cabeza anteriormente, y se durmió.
Después de un par de horas se despertó, jadeando de la misma manera que hace unos días en la taberna, pues vio otra vez el mismo sueño.
Encontró un prado plano, protegido por grandes pinos por una parte, y una roca casi vertical por otra. Los árboles parecieron percatarse de su presencia y se apartaron un poco del intruso, pero Gildor acampó de todas formas, este territorio ya pertenecía a Kul’Amoth, era su tierra natal. Hizo un fuego – pequeño, para no asustar aún más a los árboles, - cazó un conejo, – Gildor era un arquero muy hábil y no gastó muchas flechas para matar al escurridizo animal – Y, tras despellejarlo y despojarlo, lo preparó para asar.
Tras la no muy deliciosa cena se acostó sobre el suelo, poniendo su mochila bajo la cabeza anteriormente, y se durmió.
Después de un par de horas se despertó, jadeando de la misma manera que hace unos días en la taberna, pues vio otra vez el mismo sueño.
– ¿Quizás significa algo? - Se preguntó Gildor a sí mismo, mientras recogía sus pertenencias y se preparaba para reanudar el viaje.
Aunque en las Tierras Robadas la magia era un poder muy común y cada ser sensato podía aprender a usarla, Gildor no la practicaba, era un cazador que confiaba solo en sí mismo y en sus armas, pocas veces usaba poderes arcanos. Por ese motivo, sus preocupaciones sobre el sueño crecieron aún más.
Aunque en las Tierras Robadas la magia era un poder muy común y cada ser sensato podía aprender a usarla, Gildor no la practicaba, era un cazador que confiaba solo en sí mismo y en sus armas, pocas veces usaba poderes arcanos. Por ese motivo, sus preocupaciones sobre el sueño crecieron aún más.
Unas semanas después, y tras ver unos cuantos sueños iguales, Gildor llegó a la mitad de los bosques de Kul'Amoth. Aquí se sintió seguro, ya que conocía bastante bien la zona.
Por ese motivo no esperaba ver un pequeño hacha clavarse en el árbol que tenía al lado.
Gildor giró sobre sí mismo y desenfundó su arco, todo en un solo movimiento. Lo que vio le extrañó mucho.
Un enorme y delgado trol de piel azul claro corría hacia él, con otro hacha preparada para lanzar. Esta vez el hacha tenía como blanco el pecho de Gildor, y le habría dado si no fuera porque el hábil elfo se agachara y rodara por el suelo, hasta situarse tras una roca entre dos árboles. Lanzó una flecha, y ésta se clavó en la pierna del pielazul, que estaba corriendo a toda velocidad.
El trol se tambaleó y cayó al suelo, soltando sus armas arrojadizas.
Gildor se acercó, apuntando al trol con su arco tensado.
Por ese motivo no esperaba ver un pequeño hacha clavarse en el árbol que tenía al lado.
Gildor giró sobre sí mismo y desenfundó su arco, todo en un solo movimiento. Lo que vio le extrañó mucho.
Un enorme y delgado trol de piel azul claro corría hacia él, con otro hacha preparada para lanzar. Esta vez el hacha tenía como blanco el pecho de Gildor, y le habría dado si no fuera porque el hábil elfo se agachara y rodara por el suelo, hasta situarse tras una roca entre dos árboles. Lanzó una flecha, y ésta se clavó en la pierna del pielazul, que estaba corriendo a toda velocidad.
El trol se tambaleó y cayó al suelo, soltando sus armas arrojadizas.
Gildor se acercó, apuntando al trol con su arco tensado.
– ¿Quién, por la Roca del Destino, eres? – Preguntó el elfo, teniendo a su enemigo tumbado bajo una flecha que agarraba en un puño.
– Yo... yo ser explorador. - Con una voz alta y algo ronca, con ciertas dificultades de pronunciación del común, contestó el trol - No matar a mí. Yo ser útil.
– ¿Que no te mate? ¡Maldita sea, acabas de estar a punto de matarme a mí y ahora me pides piedad! Siempre pensaba que el Contrato era un error, y tú eres el mejor ejemplo. Debíamos haberos exterminado a todos, ¡Ni siquiera los humanos atacan al primero que ven!
La cabeza del trol, con su extraña forma esquelética, se estremeció.
– Yo pedir perdón. No ver que tú ser elfo. Pensar que tú ser... Animal.
– ¿Ahora me dices que tienes problemas de vista? Vamos trol, para ti puedo ser solo un elfo, pero no soy tan estúpido como crees. Te tendré que llevar ante la Guardia élfica, con suerte considerarán esto una incursión por parte de vuestra raza y tú lo pagarás.
Gildor dejó el arco a un lado, sin apartar la flecha del cuello del incursor trol, y sacó una cuerda de una de las numerosas bolsas de su cinturón. Levantó al trol, y le ató las manos por detrás.
Gildor dejó el arco a un lado, sin apartar la flecha del cuello del incursor trol, y sacó una cuerda de una de las numerosas bolsas de su cinturón. Levantó al trol, y le ató las manos por detrás.
– Que sepas que estas cuerdas son mágicas, aunque creo que no me entiendes, “tú no poder escapar” – El elfo se burló de su preso mientras acababa el nudo - ¿Por qué estás tan tranquilo? Puede que sean tus últimos momentos libres...
– No elfo, no lo serán. Creerme...
Gildor dejó el nudo para observar mejor a su cautivo.
El trol, que el elfo ha considerado completamente normal - para su raza-, no lo era.
En su cinturón el elfo pudo observar una daga, un arma muy extravagante para los pielesazules, además de un par de bolsas selladas. Al lado, enfundadas en unas bolsas especiales de cuero negro, vio unos tubos de ensayo y probetas de cristal, vacíos y, a pesar de que el elfo no sabía mucho sobre alquimia, parecían haber sido usados varias veces para preparar algo que no podía ser una simple bebida cuotidiana.
Gildor dejó el nudo para observar mejor a su cautivo.
El trol, que el elfo ha considerado completamente normal - para su raza-, no lo era.
En su cinturón el elfo pudo observar una daga, un arma muy extravagante para los pielesazules, además de un par de bolsas selladas. Al lado, enfundadas en unas bolsas especiales de cuero negro, vio unos tubos de ensayo y probetas de cristal, vacíos y, a pesar de que el elfo no sabía mucho sobre alquimia, parecían haber sido usados varias veces para preparar algo que no podía ser una simple bebida cuotidiana.
– ¿Qué llevas en esas bolsas? – Preguntó retóricamente, pues pensaba que el trol se callaría la respuesta
– Hierbas. - Contestó éste sin dudar – Ser alquimista.
– Hace unos momentos decías que eres explorador... – Comentó Gildor en voz baja
– Yo mentir.
– ¿Y cómo sé que no mientes al decir que tienes hierbas ahí? Aunque tengas lo que tengas, eso ya no te ayudará. Te llevaré ante la Guardia Real , y ellos decidirán tu futuro. Tendrás suerte si nuestro carcelero no te tortura antes de tu ejecución.
Dejando de observar el cinturón, que parecía una armadura por las numerosas cosas que tenía colgado, Gildor comenzó a inspeccionar el resto de la indumentaria del “alquimista”.
El trol vestía una falda de tela roja que vio tiempos mejores. Ahora parecían harapos más que una ropa decente.
Tenía un porta hachas en la espalda, hecho de madera rudimentaria.
No llevaba nada que le cubriera los pies.
Gildor comentó para sí mismo que si el pielazul de verdad era alquimista, debía de ser un exiliado. Si no, no se explicaba que hacía en estas tierras y con esas ropas.
Dejando de observar el cinturón, que parecía una armadura por las numerosas cosas que tenía colgado, Gildor comenzó a inspeccionar el resto de la indumentaria del “alquimista”.
El trol vestía una falda de tela roja que vio tiempos mejores. Ahora parecían harapos más que una ropa decente.
Tenía un porta hachas en la espalda, hecho de madera rudimentaria.
No llevaba nada que le cubriera los pies.
Gildor comentó para sí mismo que si el pielazul de verdad era alquimista, debía de ser un exiliado. Si no, no se explicaba que hacía en estas tierras y con esas ropas.
– Bien, no podemos perder más tiempo. Debemos partir a la capital, el Astro ya casi bajó. Aún no hemos cruzado ni la mitad del bosque de Kul’Amoth, y hasta que no lo hagamos no podremos estar seguros de que no nos toparemos con una bestia – Gildor sonrió – pero si tenemos la mala suerte, al menos podré escapar yo tirándote a ella.
Llegaron a las afueras del territorio protegido por los guardabosques élficos, delimitado por el gran río Sunset, en sólo unos días. Todo debido a que Gildor no dejaba dar un respiro a su cautivo. Una noche el elfo decidió dejarle descansar al fin, antes de presentarlo ante la Guardia , pues no quería que creyeran que maltrataba al preso político. El pielazul lo entendía, pero no podía – ni quería – hacer nada. Para él este descanso tan anhelado era una posibilidad de reponer fuerzas antes del viaje que pretendía empezar después de que los elfos lo soltaran.
Acamparon cerca de una cueva, – que Gildor conocía perfectamente, pasó su infancia jugando con amigos, la mayoría de los cuales murieron de mano de las bestias forestales, en ella, – y el elfo decidió dejar descansar a los árboles y no encender un fuego, de todos modos estos bosques estaban protegidos por los montaraces élficos, los únicos que aún se preocupaban por la Naturaleza y los bosques de Kul’Amoth. Eran pocos, y por eso no podían ocuparse de todas las regiones del inmenso bosque, pero Gildor ya vio varios pares de ojos observándolos desde las sombras.
El explorador dejó al trol preparar su propia cama, – y consideraba un acto de gran bondad el hacerlo, – aunque a éste le bastaba poner varias piedras bajo la cabeza para dormir bien. Gildor no se extrañó, pues oyó varias historias sobre lo que los pielesazules contaban de su procedencia, decían que aparecieron de las piedras – de ahí su aspecto “cuadrado”. El elfo lo dudaba, pues pensaba que todas las razas inferiores eran unos bárbaros, no dignos de ocupar unas tierras que en el pasado eran completa propiedad de los elfos.
Pero Gildor sabía que sería imposible expulsar a todos los extranjeros, ya que durante el millar de años que vivían en las Tierras Robadas, tuvieron ocasión de consolidarse en sus capitales. Los humanos de Theregarde, además de numerosas ciudades repartidas por toda la isla, construyeron una inmensa e impresionante – para su raza – estructura alrededor de una montaña entera, que les servía como protección contra cualquier tipo de ataque en los años de la Guerra , aunque tras ésta los hombres decidieron en señal de paz derribar los muros de la ciudad. Era un caso único, pues los enanos de Stonefort nunca han destruido ni siquiera la más pequeña de sus estructuras, para ellos cada edificio era una obra de arte arquitectónico de valor incalculable.
Sin embargo, algunas de las razas no pasaron la Guerra encerrados tras las murallas de sus ciudades. Los pielesverdes nunca fueron aniquilados – a pesar de ser inferiores en número respecto a los humanos – porque su ciudad capital, Zorgar, era un gigante campamento móvil, compuesto en su integridad por tiendas de campaña - cada semana la ciudad cambiaba su posición. Tras el Contrato la ciudad de los pielesverdes se movía cada vez menos, hasta que un año no cambiaron su posición jamás. Desde esa época, la ciudad permanecía inmóvil entre dos montañas de rocarcilla, aunque la mayoría de sus ocupantes seguían viviendo en sus viejas tiendas de campaña. Los pielesazules, que se llamaban a sí mismos “trols” preferían quedarse en sus selvas salvajes del sur del continente. Muy pocas veces fueron vistos en guerra, aunque algunos de ellos se hicieron mercenarios, y pasaron a ser famosos héroes para aquellos con quienes trabajaron.
Los elfos eran un caso especial, pues sus gentes siempre luchaban por la paz, aunque cada nuevo rey – muchos de ellos fueron asesinados durante sus campañas “pacificadoras”, – se alejaba más y más de su Camino Inicial, hasta que un año, simplemente dejaron de creer en la Madre Naturaleza y en el Padre Destino, convirtiéndose en seres fríos e insensibles, pero aumentando su capacidad militar. Poco tiempo pasó hasta que se formó una hermandad de guardabosques y montaraces que decidieron seguir sirviendo a sus Tierras, en vez de los cada vez más corruptos reyes.
Gildor se despertó en sudor frío. Otra vez el mismo sueño, que cada día duraba unos instantes más. Ahora, al escapar de la bestia garruda, se escondía tras una gran roca. Justo en el instante que pensaba que iba a morir, sonaba un sonido muy extraño, y se despertaba.
El elfo pensaba que todo esto tenía su sentido, y parecía una novela de aventuras donde cada sueño leía una página nueva, aunque ésta fuera muy corta.
Se levantó, y cuando comenzó la ruta hacia el arroyo de agua fría, notó que su prisionero estaba despierto, sentado y mirándole.
– ¿Malos sueños tú tener? – Preguntó con una voz que parecía sonar de otro mundo.
– Nada interesante. – Le cortó Gildor, – Al menos para ti.
– Mi gente pensar que malos sueños sueñan malas personas.
– Sí, y que son predicciones del futuro – Replicó el elfo, con sarcasmo.
– Tú reírte de nuestra gente. Tú estar equivocado al creernos incapaces de pensar. Nosotros saber no menos que tú.
La última afirmación del trol hizo a Gildor recordar que el pielazul era su prisionero y que debía llevarlo ante la Guardia. Esto le volvió al humor de los días pasados.
– Calla, tú no sabes nada de nuestra gente. Y ahora, sigamos el camino, “alquimista” - Gruñó el elfo, destacando la última palabra.
No tardaron mucho en subir la colina en los pies de la cual se encontraba la caverna, y cuando llegaron a la cima, un fantástico panorama se abrió ante ellos.
La ciudad de Moonlight, en todo su esplendor, estaba bajo sus pies.
Construida hace miles de años, la capital de los elfos rodeaba un Árbol Milenario, uno de los pocos que quedaban en las Tierras Robadas. El Árbol, como su nombre indicaba, tenía varios miles de años, pero también miles de metros de altura.
En las épocas de su construcción, los arquitectos crearon una ciudad que convivía completamente con la Madre Naturaleza y su encarnación arbórea, y servía como hogar a muchas vidas.
Tras la Guerra , sin embargo, los reyes élficos destruían lo construido cada vez más.
Uno de los reyes construyó una gigantesca muralla de piedra alrededor de toda la ciudad, para proteger a los ciudadanos durante la Guerra.
Uno de una época posterior al Contrato, creó estructuras hechas plenamente de piedras y metales preciados, para que los comerciantes se vean atraídos a mover sus negocios a las tiendas construidas en unos lugares más lujosos.
Gildor odiaba a su gente tal y como era ahora. Nunca se atrevió a unirse a los guardabosques, al menos no oficialmente, pero compartía su visión del mundo. Tras la llegada de los bárbaros, los elfos cada vez degradaban más. Ahora eran como los humanos, pero vivían cientos – si no miles – de años.
Tardaron una hora en bajar la colina y llegar a la entrada sureste de la ciudad. Gildor saludó a los guardias – quienes miraban con asco y desprecio al pielazul – y entró por la puerta, que desde el Contrato no volvió a abrirse.
En los últimos años, la ciudad creció mucho. Quizás gracias a la nueva orden de Xenon, el actual rey élfico, de permitir la venta de edificios a no-residentes de la ciudad. Muchos no estaban de acuerdo con este acto, pero no podían hacer nada. El rey era un perfecto ejemplo de los elfos modernos, quienes no solo pensaban que las razas inferiores tenían derecho a vivir en todas Tierras Robadas, sino también intentaban sacar cualquier provecho de ellas. La recién descubierta para los elfos profesión de comerciante traía mucho oro a la gente que la practicaba, y cada vez más elfos se “modernizaban”. Solo la minoría – Gildor estaba entre ellos, – pensaban lo contrario, y creían que la forma de vida que llevaban durante miles de años no debía ser cambiada.
Ahora, miles de seres de distintas razas se instalaron en la ciudad, y Gildor tuvo bastantes dificultades para a su prisionero a través de la multitud hacia la entrada del Árbol, donde se encontraba el palacio real, y las mazmorras, entre otros muchos edificios.
– ¡Alto! – Gritó uno de los Guardias Reales al observar que el elfo, llevando al trol detrás, se dirigía a la entrada, pero cuando éste se acercó y su rostro se hizo visible, rectificó: – Ah, es usted señor Gildor. Su padre le estaba esperando mañana…
– No me dirijo hacía él, Hans – le cortó Gildor – Tengo que llevar a este prisionero a las mazmorras. Quizás Zackren trate de sacar un protocolo de invasión por parte de su raza, y si no, puede que haya alguna recompensa por traer a un espía potencial.
– Pues te deseo suerte, porque dicen que nuestro alcaide últimamente no está de buen humor.
– Yo tampoco… - Dijo Gildor, tras lo cual entró en la oscuridad del Árbol, llevando a su prisionero detrás, sin más discusiones.
Mientras tanto, no muy lejos de ahí, un ancestral poder despertaba de su largo sueño.
Tenía una misión que cumplir, y de su éxito dependía la salvación o la destrucción de las Tierras Robadas, o quizás del mundo entero.

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